miércoles, 18 de mayo de 2016

Mario Benedetti - La familia Iriarte






La familia Iriarte



      Había cinco familias que llamaban al Jefe. En la guardia de la mañana yo estaba siempre a cargo del teléfono y conocía de memoria las cinco voces. Todos estábamos enterados de que cada familia era un programa y a veces cotejábamos nuestras sospechas.


      Para mí, por ejemplo, la familia Calvo era gordita, arremetedora, con la pintura siempre más ancha que el labio; la familia Ruiz, una pituca sin calidad, de mechón sobre el ojo; la familia Durán, una flaca intelectual, del tipo fatigado y sin prejuicios; la familia Salgado, una hembra de labio grueso, de esas que convencen a puro sexo. Pero la única que tenía voz de mujer ideal era la familia Iriarte. Ni gorda ni flaca, con las curvas suficientes para bendecir el don del tacto que nos da la naturaleza; ni demasiado terca ni demasiado dócil, una verdadera mujer, eso es: un carácter. Así la imaginaba. Conocía su risa franca y contagiosa y desde allí inventaba su gesto. Conocía sus silencios y sobre ellos creaba sus ojos. Negros, melancólicos. Conocía su tono amable, acogedor, y desde allí inventaba su ternura.
      Con respecto a las otras familias había discrepancias. Para Elizalde, por ejemplo, la Salgado era una petisa sin pretensiones; para Rossi, la Calvo era una pasa de uva; la Ruiz, una veterana más para Correa. Pero en cuanto a la familia Iriarte, todos coincidíamos en que era divina, más aún, todos habíamos construido casi la misma imagen a partir de su voz. Estábamos seguros de que si un día llegaba a abrir la puerta de la oficina y simple­mente sonreía, aunque no pronunciase palabra, igual la íbamos a reconocer a coro, porque todos habíamos creado la misma sonrisa inconfundible.
      El Jefe, que era un tipo relativamente indiscreto en cuanto se refería a los asuntos confidenciales que rozaban la oficina, pasaba a ser una tumba de discreción y de reserva en lo que concernía a las cinco familias. En esa zona, nuestros diálogos con él eran de un laconismo desalentador. Nos li­mitábamos a atender la llamada, a apretar el botón para que la chicharra sonase en su despacho y a comunicarle, por ejemplo: “Familia Salgado”. El decía sencillamente “Pásemela” o “Dígale que no estoy” o “Que llame dentro de una hora”. Nunca un comentario, ni siquiera una broma. Y eso que sabía que éramos de confianza.
       Yo no podía explicarme por qué la familia Iriarte era, de las cinco, la que lo llamaba con menos frecuencia, a veces cada quince días. Claro que en esas ocasiones la luz roja que indicaba “ocupado” no se apagaba por lo menos durante un cuarto de hora. Cuánto hubiera representado para mí escuchar durante quince minutos seguidos aquella vocecita tan tierna, tan graciosa, tan segura.
      Una vez me animé a decir algo, no recuerdo qué, y ella me contestó algo, no recuerdo qué. ¡Qué día! Desde entonces acaricié la esperanza de hablar un poquito con ella, más aún, de que ella también reconociese mi voz tal como yo reconocía la suya. Una mañana tuve la ocurrencia de decir: “¿Podría esperar un instante hasta que consiga comunicación?”, y ella me contestó: “Como no, siempre que usted me haga amable la espera”. Reconozco que ese día estaba medio tarado, porque sólo pude hablarle del tiempo, del trabajo y de un proyectado cambio de horario. Pero en otra ocasión me hice de valor y conversamos sobre temas generales, aunque con significados par­ticulares. Desde entonces ella reconocía mí voz y me saludaba con un “¿Qué tal, secretario?”, que me aflojaba por completo.

                                                    
      Unos meses después de esa variante me fui de vacaciones al Este. Desde hacía varios años, mis vacaciones en el Este habían constituido mí esperanza más firme desde un punto de vista sentimental. Siempre pensé que en una de esas licencias iba a encontrar a la muchacha en quien personificar mis sueños privados y a quien destinar mí ternura latente. Porque yo soy definidamente un sentimental. A veces me lo reprocho, me digo que hoy en día vale más ser egoísta y calculador, pero de nada sirve. Voy al cine, me trago una de esas cursilerías mexicanas con hijos naturales y pobres viejecitas; comprendo, sin lugar a dudas, que es idiota, y, sin embargo, no pue­do evitar que se me haga un nudo en la garganta.
      Ahora que en eso de encontrar la mujer en el Este, yo me he investigado mucho y he hallado otros motivos no tan sentimentales. La verdad es que en un balneario uno sólo ve mujercitas limpias, frescas, descansadas, dispuestas a reírse, a festejarlo todo. Claro que también en Montevideo hay mujeres limpias; pero las pobres siempre están cansadas. Los zapatos estrechos, las escaleras, los autobuses, las dejan amargadas y sudorosas. En la ciudad uno ignora prácticamente cómo es la alegría de una mujer. Y eso, aunque no lo parezca, es importante. Personalmente, me considero capaz de soportar cualquier tipo de pesimismo femenino, diría que me siento con fuerzas como para dominar toda especie de llanto, de gritos o de histeria. Pero me reconozco mucho más exigente en cuanto a la alegría. Hay risas de mujeres que, francamente, nunca pude aguantar. Por eso, en un balneario, donde todas ríen desde que se levantan para el primer baño hasta que salen ma­readas del Casino, uno sabe quién es quién y qué risa es asqueante y cuál maravillosa.
      Fue precisamente en el balneario donde volví a oír su voz. Yo bailaba entre las mesitas de una terraza, a la luz de una luna que a nadie le importaba. Mí mano derecha se había afirmado sobre una espalda parcial­mente despellejada que aún no había perdido el calor de la tarde. La dueña de la espalda se reía y era una buena risa, no había que descartarla. Siempre que podía yo le miraba unos pelitos rubios, casi transparentes que tenía en las inmediaciones de la oreja, y, en realidad, me sentía bastante conmovido. Mi compañera hablaba poco, pero siempre decía algo lo bastante soso como para que yo apreciara sus silencios.
      Justamente, fue en el agradable transcurso de uno de éstos que oí la frase, tan nítida como si la hubiera recortado especialmente para mí: “¿Y usted qué refresco prefiere?” No tiene importancia ni ahora ni después, pero yo la recuerdo palabra por palabra. Se había formado uno de esos lentos y arrastrados nudos que provoca el tango. La frase había sonado muy cerca, pero esta vez no pude relacionarla con ninguna de las caderas que me habían rozado.
      Dos noches después, en el Casino, perdía unos noventa pesos y me vino la loca de jugar cincuenta en una última bola. Si perdía, paciencia; tendría que volver en seguida a Montevideo. Pero salió el 32 y me sentí infinitamente reconfortado y optimista cuando repasé las ocho fichas naranjas de aro que le había dedicado. Entonces alguien dijo prácticamente en mi oído, casi como un teléfono: “Así se juega: hay que arriesgarse”.
      Me di vuelta, tranquilo, seguro de lo que iba a hallar, y la familia Iriarte que estaba junto a mí era tan deliciosa como la que yo y los otros habíamos inventado a partir de su voz. A continuación fue relativamente sencillo tomar un hilo de su propia frase, construir una teoría del riesgo y convencerla de que se arriesgara conmigo, a conversar primero, a bailar después, a encontrarnos en la playa al día siguiente.
      Desde entonces anduvimos juntos. Me dijo que se llamaba Doris, Doris Freire. Era rigurosamente cierto (no sé con qué motivo me mostró su carnet) y, además, muy explicable: yo siempre había pensado que las “familias” eran sólo nombres de teléfono. Desde el primer día me hice esta com­posición de lugar: era evidente que ella tenía relaciones con el Jefe, era no menos evidente que eso lastimaba no menos mi amor propio; pero (fíjense qué buen pero) era la mujer más encantadora que yo había conocido y arriesgaba perderla definitivamente (ahora que el azar la había puesto en mi oído) si yo me atenía desmedidamente a mis escrúpulos.
      Además, cabía otra posibilidad. Así como yo había reconocido su voz, ¿por qué no podría Doris reconocer la mía? Cierto que ella había sido siempre para mí algo precioso, inalcanzable, y yo, en cambio, sólo ahora ingresaba en su mundo. Sin embargo, cuando una mañana corrí a su encuentro con un alegre “¿Qué tal, secretaria?”, aunque ella en seguida asimiló el golpe, se rió, me dio el brazo y me hizo bromas con una morocha de un jeep que nos cruzamos, a mí no se me escapó que había quedado inquieta, como si alguna sospecha la hubiese iluminado. Después, en cambio, me pareció que aceptaba con filosofía la posibilidad de que fuese yo quien atendía sus llamadas al Jefe. Y esa seguridad que ahora reflejaban sus conversaciones, sus inolvidables miradas de comprensión y de promesa, me dieron finalmente otra esperanza. Estaba claro que ella apreciaba que yo no le hablase del Jefe; y, aunque esto otro no estaba tan claro, era probable que ella recompensase mi delicadeza rompiendo a corto plazo con él. Siempre supe mirar en la mirada ajena, y la de Doris era particularmente sincera.

                                                      
      Volví al trabajo. Día por medio cumplí otra vez mis guardias matutinas junto al teléfono. La familia Iriarte no llamó más.
      Casi todos los días me encontraba con Doris a la salida de su empleo. Ella trabajaba en el Poder Judicial. tenía un buen sueldo, era el funcionario­ clave de su oficina y todos le apreciaban. Doris no me ocultaba nada. Su vida actual era desmedidamente honesta y transparente. Pero ¿y el pasado? En el fondo a mí me bastaba con que no me engañase. Su aventura —o lo que fuera— con el Jefe no iba por cierto a infectar su ración de felicidad. La familia Iriarte no había llamado más. ¿Qué otra cosa podía pretender? Yo era preferido al Jefe y pronto éste pasaría a ser en la vida de Doris ese mal recuerdo que toda muchacha debe tener.
      Yo le había advertido a Doris que no me telefoneara a la oficina. No sé qué pretexto encontré. Francamente, yo no quería arriesgarme a que Elizalde o Rossi o Correa atendieran su llamada, reconocieran su voz y fa­bricaran a continuación una de esas interpretaciones ambiguas a que eran tan afectos. Lo cierto es que ella, siempre amable y sin rencor, no puso objeciones. A mí me gustaba que fuese tan comprensiva en todo lo referente a ese tema tabú, y verdaderamente le agradecía que nunca me hubiera obligado a entrar en explicaciones tristes, en esas palabras de mala fama que todo lo ensucian, que destruyen toda buena intención.
      Me llevó a su casa y conocí a su madre. Era una buena y cansada mujer. Hacía doce años que había perdido a su marido y aún no se había repuesto. Nos miraba a Doris y a mí con mansa complacencia, pero a veces se le llenaban los ojos de lágrimas, tal vez al recordar algún lejano pormenor de su noviazgo con el señor Freire. Tres veces por semana yo me quedaba hasta las once, pero a las diez ella discretamente decía buenas noches y se retiraba, de modo que a Doris y a mí nos quedaba una hora para besarnos a gusto, hablar del futuro, calcular el precio de las sábanas y las habitaciones que precisaríamos, exactamente igual que otras cien mil parejas diseminadas en el territorio de la república, que a esa misma hora intercambiarían parecidos proyectos y mimos. Nunca la madre hizo referencia al Jefe ni a nadie relacionado sentimentalmente con Doris. Siempre se me dispensó el tratamiento que todo hogar honorable reserva al primer novio de la nena. Y yo dejaba hacer.
      A veces no podía evitar cierta sórdida complacencia en saber que había conseguido (para mi uso, para mi deleite) una de esas mujeres inalcanzables, que sólo gastan los ministros, los hombres públicos, los funcionarios de importancia. Yo: un auxiliar de secretaría.
      Doris, justo es consignarlo, estaba cada noche más encantadora. Conmigo no escatimaba su ternura; tenía un modo de acariciarme la nuca, de besarme el pescuezo, de susurrarme pequeñas delicias mientras me besaba, que, francamente, yo salía de allí mareado de felicidad y, por qué no decirlo, de deseo. Luego. solo y desvelado en mi pieza de soltero, me amargaba un poco pensando que esa refinada pericia probaba que alguien había atendido cuidadosamente su noviciado. Después de todo, ¿era una ventaja o una des­ventaja? Yo no podía evitar acordarme del Jefe, tan tieso, tan respetable, tan incrustado en su respetabilidad, y no lograba imaginarlo como ese en­vidiable instructor. ¿Había otros, pues? Pero ¿cuántos? Especialmente, ¿cuál de ellos le había enseñado a besar así? Siempre terminaba por recordar­me a mí mismo que estábamos en mil novecientos cuarenta y seis y no en la Edad Media, que ahora era yo quien importaba para ella. y me dormía abrazado a la almohada como en un basto anticipo y débil sucedáneo de otros abrazos que figuraban en mi programa.

                                                      
     Hasta el veintitrés de noviembre tuve la sensación de que me deslizaba irremediable y graciosamente hacia el matrimonio. Era un hecho. Faltaba que consiguiéramos un apartamiento como a mí me gustaba, con aire, luz y amplios ventanales. Habíamos salido varios domingos en busca de ese ideal, pero cuando hallábamos algo que se le aproximaba, era demasiado caro o sin buena locomoción o el barrio le parecía a Doris apartado y triste.
      En la mañana del veintitrés de noviembre yo cumplía mi guardia. Hacía cuatro días que el Jefe no aparecía por el despacho; de modo que me hallaba solo y tranquilo. leyendo una revista y fumando mi rubio. De pronto sentí que, a mis espaldas, una puerta se abría. Perezosamente me di vuelta y alcancé, a ver, asomada e interrogante, la adorable cabecita de Doris. Entró con cierto airecito culpable, porque —según dijo— pensó que yo fuese a enojarme. El motivo de su presencia en la oficina era que al fin había encontrado un apartamiento con la disposición y el alquiler que buscábamos. Había hecho un esmerado planito y lo mostraba satisfecha. Estaba primorosa con su vestido liviano y aquel ancho cinturón que le marcaba mejor que ningún otro la cintura. Cómo estábamos solos se sentó sobre mi escritorio, cruzó las piernas y empezó a preguntarme cuál era el sitio de Rossi, cuál el de Correa, cuál el de Elizalde. No conocía personalmente a ninguno de ellos, pero estaba enterada de sus rasgos y anécdotas a través de mis versiones caricaturescas. Ella había empezado a fumar uno de mis rubios y yo tenía su mano entre las mías cuando sonó el teléfono. Levanté el tubo y dije: “Hola”. Entonces el teléfono dijo: “¿Qué tal, secretario?”, y aparentemente todo siguió igual. Pero en los segundos que duró la llamada y mientras yo, sólo a medias repuesto, interrogaba maquinalmente: “¿Qué es de su vida después de tanto tiempo?”, y el teléfono respondía: “Estuve de viaje por Chile”, verdaderamente nada seguía igual. Como en los últimos instantes de un ahogado, desfilaban por mi cabeza varias ideas sin orden ni equilibrio. La primera de ellas: “Así que el Jefe no tuvo nada que ver con ella”, representaba la dignidad triunfante. La segunda era, más o menos: “Pero entonces Doris. ..”, y la tercera, textualmente: “¿Cómo pude confundir esta voz?”      Le expliqué al teléfono que el Jefe no estaba, dije adiós, puse el tubo en su sitio. Su mano seguía en mi mano. Entonces levanté los ojos y sabía lo que iba a encontrar. Sentada sobre mi escritorio, en una pose provocativa y grosera, fumando como cualquier pituca, Doris esperaba y sonreía, todavía pendiente del ridículo plano. Era, naturalmente, una sonrisa vacía y superficial, igual a la de todo el mundo, y con ella amenazaba aburrirme de aquí a la eternidad. Después yo trataría de hallar la verdadera explicación, pero mientras tanto, en la capa más insospechable de mi conciencia, puse punto final a este malentendido. Porque, en realidad, yo estoy enamo­rado de la familia Iriarte.










domingo, 8 de mayo de 2016

Eduardo Galeano - Crónica de la Ciudad de México








Crónica de la Ciudad de México


Superbarrio, cualunque mexicano de carne y hueso, héroe del pobrerío, vive en un suburbio llamado Nezahualcoyotl.

Superbarrio tiene barriga y piernas chuecas. Usa máscara roja y capa amarilla. No lucha contra las momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno.



-Eduardo Galeano, en "El libro de los abrazos"







Eduardo Galeano - Extranjero








Extranjero 

En un periódico del barrio de Raval, en Barcelona, una mano anónima escribió:
Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.
Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas estranjero?




-Eduardo Galeano, en el libro "El cazador de historias"





sábado, 7 de mayo de 2016

Eduardo Galeano - Magos








Magos 



En el año 2014, el Fondo Monetario Internacional propuso una fórmula infalible para la salvación universal contra la crisis económica:
Bajar el salario minino.
Los expertos del FMI habían descubierto que ese recorte iba a aumentar la oferta de empleos a la población joven: los jóvenes ganarían menos, pero podían compensar la diferencia trabajando más.
Tan generosos cerebros merecen la gratitud universal. Pero van pasando los días y los años, y todavía no se ha puesto en práctica, en escala universal, esa genial invención. 



-Eduardo Galeano, en el libro "El cazador de historias"





Eduardo Galeano - Fundación de los abrazos








Fundación de los abrazos 



En Irak nació el primer poema de amor de la literatura universal, miles de años antes de su devastación: Que el cantor teja en cantares esto que voy a contarte. El canto contó, contó en lengua sumeria, el encuentro de una diosa y un pastor: Inanna, la diosa, amó esa noche como si fuera mortal. Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró esa noche.   




-Eduardo Galeano, en el libro "Espejos: una historia casi universal"








Eduardo Galeano - Garúa









Garúa 


Había sido la última oportunidad. Ahora lo sabia. De todos modos, pensó, hubiera podido ahorrarme la humillación de la última llamada y el último diálogo, diálogo de mudos, en la mesa del café. Sentía en la boca un sabor a moneda vieja y piel adentro una sensación de cosa rota. No sólo a la altura del pecho, no, en todo el cuerpo: como si las vísceras se le hubieran adelantado a morir antes que la conciencia lo hubiera resuelto. Sin duda, tenia todavía muchas gracias que dar, a mucha gente, pero le importaba un carajo. La garúa lo mojaba con suavidad, le mojaba los labios, y él hubiera preferido que la garúa no lo tocara de aquella manera tan conocida. Iba bajando hacia la playa y después se hundió lentamente en el mar si sacarse siquiera las manos de los bolsillos, y todo el tiempo lamentaba que la garúa se pareciera tanto a la mujer que él había amado y había inventado, y también lamentaba entrar a la muerte con el rostro de ella abarcando la totalidad de la memoria de su paso por la tierra: el rostro de ella con el pequeño tajo en el mentón y aquel deseo de invasión en los ojos. 




-Eduardo Galeano, en el libro "Vagamundo y otros relatos"






Eduardo Galeano - Quise, quiero, quisiera







Quise, quiero, quisiera



Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe.

(Del "Canto de la noche", del pueblo navajo)


-Eduardo Galeano, en el libro "El cazador de historias"




viernes, 6 de mayo de 2016

Eduardo Galeano - Mundo poco








(Lima, 1618) Mundo poco


El amo de Fabiana Criolla ha muerto. En su testamento, le ha rebajado el precio de la libertad, de docientos a ciento cincuenta pesos.

Fabiana ha pasado toda la noche sin dormir, preguntándose cuánto valdrá su caja de palosanto llena de canela en polvo. Ella no sabe sumar, de modo que no puede calcular las libertades que ha comprado, con su trabajo, a lo largo de medio siglo que lleva en el mundo, ni el precio de los hijos que le han hecho y le han arrancado. 

No bien despunta el alba, acude el pájaro a golpear la ventana con el pico. Cada día, el mismo pájaro avisa que es hora de despertarse y andar. 

Fabiana bosteza, se sienta en la estera y se mira los pies gastaditos.




-Eduardo Galeano, en el libro "Memorias del fuego (Los nacimientos)"







Eduardo Galeano - Vamos a pasear






Vamos a pasear


A fines del siglo diecinueve, muchos montevidianos dedicaban sus domingos al paseo preferido: la visita a la cárcel y al manicomio.
Contemplando a los presos y a los locos, los visitantes se sentían muy libres y muy cuerdos.




-Eduardo Galenao, en el libro "El cazador de historias"





Eduardo Galeano - Los Libres






Los Libres 


En los días, los guía el sol. En la noche, las estrellas.
No pagan pasaje, y viajan sin pasaporte y sin llenar formularios de aduana ni de migración.
Los pájaros, los únicos libres en este mundo habitado por prisioneros, vuelan sin combustible, de polo a polo, por el rumbo que eligen y a la hora que quieren, sin pedir permiso a los gobiernos que se creen dueños del cielo.



-Eduardo Galeano, en el libro"El cazador de historias"







jueves, 31 de marzo de 2016

Eduardo Galeano - Paradojas





Paradojas

Si la contradicción es el pulmón de la historia, la paradoja  ha de ser, se me ocurre, el espejo que la historia usa para tomarnos el pelo.

Ni el propio hijo de Dios se salvó de la paradoja. Él eligió para nacer, un desierto subtropical donde jamás ha nevado, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la navidad desde que Europa decidió europear a Jesús. Y para más inri, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo.

Napoleón Bonaparte, el más francés de los franceses, no era francés. No era ruso José Stalin, el más ruso de  los rusos; y el más alemán de los alemanes, Adolfo Hitler había nacido en Austria. Margherita Sarfatti, la mujer más amada por el antisemita Mussolini, era judía. José Carlos Mariátegui, el más marxista de los marxistas latinoamericanos, creía fervorosamente en Dios. El Che Guevara había sido declarado completamente inepto para la vida militar por el ejército argentino.

De manos de un escultor llamado Aleijadinho, que era el más feo de los brasileños, nacieron las más altas hermosuras del Brasil. Los negros norteamericanos, los más oprimidos, crearon el jazz, que es la más libre de las músicas. En el encierro de la cárcel fue concebido Don Quijote, el más andante de los caballeros. Y para colmo de paradojas, Don Quijote nunca dijo su frase más célebre. Nunca dijo, ladran sancho, señal que cabalgamos.

"Te noto nerviosa", dice el histérico. "Te odio", dice la enamorada. "No habrá devaluación" dice, en vísperas de devaluación, el ministro de Economía. "Los militares respetan la Constitución", dice en vísperas del golpe de estado el ministro de Defensa.

En su guerra contra la revolución sandinista, el gobierno de los Estados Unidos coincidía, paradógicamente con el Partido Comunista de Nicaragua. Y paradójicas habían sido, al fin y al cabo, las barricadas sandinistas durante la dictadura de Somoza: las barricadas que cerraban la calle, abrían el camino.



- Eduardo Galeano, en "El libro de los abrazos"



domingo, 27 de marzo de 2016

Eduardo Galeano - Historia del hombre que amó a una estrella





Historia del hombre que en el alto cielo amó a una estrella, y fue por ella abandonado


Había robos pero no había ladrones en el valle del Cuzco. Los robos ocurrían durante la noche, en el huerto que tenía las mejores papas. El dueño vigilaba, toda la noche pasaba sin pegar los ojos, pero en algún momento se le caían los párpados, y en ese instantito desaparecían las papas dejando agujeros recién escarbados en los surcos. 
Una noche, el hombre mintió. Se acostó a pata suelta, en medio del plantío, y roncando espiaba con un ojo. Y así pasaron las horas, y cuando no mucho faltaba para el amanecer, un violento resplandor lo hizo saltar.

El susto de tanta luz lo dejó ciego. No eran ladrones: eran ladronas. A manotazos consiguió atrapar a una. Las demás huyeron en ráfaga hacia el cielo y allá en lo alto quedaron, encendiendo el fin de la noche. La estrella prisionera prometió devolver todas las papas, y suplicó:
—No me obligues a vivir en la tierra.
Pero él no la soltó. Cubrió con ropa de lana su luminosa desnudez y la encerró en su casa.
Al tiempo, tuvieron un hijo, que murió al nacer.

Y un atardecer, en un descuido, la lumbrera escapó a las alturas. Gracias al cóndor, el hombre subió tras ella.
El hombre y el cóndor iban envejeciendo en la larga travesía, y tenían siglos de edad cuando el viaje culminó. Pero no bien llegaron, se sumergieron en el lago del tiempo, y nadaron y emergieron jóvenes.
Y entonces él se lanzó a recorrer la resplandeciente bruma de la Vía Láctea. Y en la peregrinación, reconoció a su estrella. Y le suplicó que lo dejara estar.

En un escondite del cielo, vivieron juntos. Cada atardecer, ella se iba con sus hermanas, a iluminar la noche del universo. Y cada amanecer volvía, y traía alimentos terrestres que encontraba deslizándose en los graneros del sol y de la luna. Así fue lo que fue, hasta que ya no fue.
Una mañana la estrella no llegó, y nunca más llegó, y el hombre deambuló por la fría neblina del cielo, hambriento y solo, llamándola a gritos. El cóndor lo devolvió a la tierra, y en la tierra murió de pena.

Nada alcanzó a contar. De su boca, que no abría ni para comer, no salió palabra. Quizás porque había quedado embobado, estrellado; o quizás porque presentía que aquí en la tierra tomarían su historia por evidente mentira o alucinación de un pobre mortal creyéndose dios en el trono del reino de la noche.

En cuanto a ella, los estrellólogos no coinciden. Hay quien dice que se le desamoró el amor y hay quien dice que no hay por qué llamar amor a lo que fue lástima o curiosidad.
Algunos sostienen que ella echó al hombre porque no quiso verlo morir. Según estos especialistas, las estrellas no entienden nuestra costumbre de vivir nada más que un ratito, y tampoco entienden nuestras ganas locas de subir al cielo: nada saben las estrellas del humano morir, pero sí saben que más allá de las nubes no puede la gente renacer en los hijos que tiene, ni en las papas que planta, ni en los amores que deja.
Otros opinan que fue un adiós obligado. El sol y la luna habrían advertido a la estrella que debía buscarse otra galaxia donde vivir con el intruso. Así, no se podía seguir: en cada pelea conyugal, el hombre envejecía cien años y ella quedaba completamente a oscuras. Es verdad que después, cuando los dos se perdonaban la estupidez de odiarse, él recuperaba el siglo gastado y ella multiplicaba su esplendor; pero la paz del firmamento no podía permitirse aquellos sobresaltos. Y fue entonces, al parecer, que los amos del cielo decidieron renunciar a las papas, que tanto les gustaban, y el camino hacia la tierra fue borrado por siempre jamás.

La estrella se arrepintió de haber obedecido la orden que la condenaba a la soledad. Así lo afirma un estudioso que se ha pasado la vida fotografiando a las estrellas fugaces. Él está seguro, y dice tener pruebas: las estrellas fugaces son todas iguales, porque todas son una. Esa única luz, errante y mojada, es la estrella que una vez conoció el peligro y la fiesta del abrazo humano, y se asustó y huyó y fue perseguida y encontrada. Desde entonces su cuerpo mudo, que por el hombre cantó, supo que había nacido para ser dos o ninguno; y ahora anda volando locamente, a través de la noche, en busca del perdido camino de este mundo.



- Eduardo Galeano, en el libro "Las Palabras Andantes"







Eduardo Galeano - El hijo






El hijo

Nadie sabe cómo: Yahvé, el único dios que nunca hizo el amor, fue padre de un hijo. 
Según los evangelios, el hijo llegó al mundo cuando Herodes reinaba en Galilea. Como Herodes murió cuatro años antes del comienzo de la era cristiana, Jesús ha de haber nacido por lo menos cuatro años antes de Cristo. 
En qué año, no se sabe. Tampoco el día, ni el mes. Jesús ya había pasado casi cuatro siglos sin cumpleaños cuando san Gregorio Nacianceno le otorgó, en el año 379, certificado de nacimiento. Jesús había nacido un 25 de diciembre. Así, la Iglesia Católica hizo suyo, una vez más, el prestigio de las idolatrías. Según la tradición pagana, ése era el día en que el sagrado sol iniciaba su camino contra la noche, a través de las tinieblas del invierno. 
Haya ocurrido cuando haya ocurrido, seguramente no se festejó aquella primera noche de paz, noche de amor, con esa cohetería de guerra que ahora nos deja sordos. Seguramente no hubo estampitas mostrando al bebé de rulitos rubios que aquel recién nacido no era; como no eran tres, ni eran reyes, ni eran magos, los tres reyes magos que iban camino al pesebre de Belén, tras una estrella viajera que nadie vio nunca. Y seguramente, también, aquella primera Navidad, que tan malas noticias traía para los mercaderes del templo, no fue ni quiso ser una promesa de ventas espectaculares para los mercaderes del mundo. 



- Eduardo Galeano, en el libro "Espejos: una historia casi universal"






sábado, 26 de marzo de 2016

Eduardo Galeano - Ventana sobre una mujer







Ventana sobre una mujer (I) 

Esa mujer es una casa secreta. En sus rincones, guarda voces y esconde fantasmas. En las noches de invierno, humea. Quien en ella entra, dicen, nunca más sale. Yo atravieso el hondo foso que la rodea. En esa casa seré habitado. En ella me espera el vino que me beberá. Muy suavemente golpeo a la puerta, y espero. 


Ventana sobre una mujer (II) 

La otra llave no gira en la puerta de calle. La otra voz, cómica, desafinada, no canta desde la ducha. En el baño no hay huellas de otros pies mojados. Ningún olor caliente viene de la cocina. Una manzana a medio comer, marcada por otros dientes, empieza a pudrirse sobre la mesa. Un cigarrillo a medio fumar, muerto gusano de ceniza, tiñe el borde del cenicero. Pienso que debería afeitarme. Pienso que debería vestirme. Pienso que debería. Llueve agua sucia dentro de mí. 


Ventana sobre una mujer (III) 

Nadie podrá matar aquel tiempo, nadie nunca podrá: ni siquiera nosotros. Digo: mientras estés, donde estés, o mientras esté yo. Dice el almanaque que aquel tiempo, aquel tiempito, ya no es; pero esta noche mi cuerpo desnudo te está transpirando.




- Eduardo Galeano, en el libro "Las Palabras Andantes"







Eduardo Galeano - Ventana sobre el miedo








Ventana sobre el miedo 

El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza:
Sí usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cáncer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.



- Eduardo Galeano, en el libro "Las Palabras Andantes"






Eduardo Galeano - Don Quijote







Don Quijote 

Marco Polo había dictado su libro de las maravillas en la cárcel de Génova. Exactamente tres siglos después, Miguel de Cervantes, preso por deudas, engendró a don Quijote de La Mancha en la cárcel de Sevilla. Y ésa fue otra aventura de la libertad, nacida en prisión. 

Metido en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento, don Quijote parecía destinado al perpetuo ridículo. Este loquito se creía personaje de novela de caballería y creía que las novelas de caballería eran libros de historia. 
Pero los lectores, que desde hace siglos nos reímos de él, nos reímos con él. Una escoba es un caballo para el niño que juega, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura compartimos las estrafalarias desventuras de don Quijote y las hacemos nuestras. Tan nuestras las hacemos que convertimos en héroe al antihéroe, y hasta le atribuimos lo que no es suyo. Ladran, Sancho, señal que cabalgamos es la frase que los políticos citan con más frecuencia. Don Quijote jamás la dijo. 

El caballero de la triste figura llevaba más de tres siglos y medio de malandanzas por los caminos del mundo, cuando el Che Guevara escribió la última carta a sus padres. Para decir adiós, no eligió una cita de Marx. Escribió: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo
Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían. 



- Eduardo Galeano, en el libro "Espejos: una historia casi universal"




viernes, 25 de marzo de 2016

Eduardo Galeano - De deseo somos






De deseo somos  

La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna. 
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos. 
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.  



- Eduardo Galeano, en el libro "Espejos: una historia casi universal"





Eduardo Galeano - La noche









La noche (1)

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los parpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.



La noche (2)


Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.



La noche (3)


Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de una abismo




- Eduardo Galeano, en "El libro de los abrazos"




jueves, 24 de marzo de 2016

Eduardo Galeano - Historia de la intrusa








Y al séptimo día, Dios descansó. 
Y recuperó la plenitud de su energía.
 Y al octavo día, la creó. 
(Génesis, 2.1)

Viniste por el río, en la noche de tu boda. Todo el pueblo estaba de boca abierta en el muelle, cuando llegaste desde la oscuridad, erguida sobre la espuma. Las salpicaduras del agua te habían pegado al cuerpo la túnica blanca, y una diadema de cocuyos vivos te encendía la cara. 
Lucho Cabalgante te había cambiado por seis vacas, que eran todo lo que tenía, para que tu hermosura le sanara el cuerpo agraviado por la soledad y humillado por los años. 
La noche fue fiesta. Y al amanecer, bajo una lluvia de arroz, la balsa dio cuatro vueltas en el río y ustedes se alejaron, perseguidos por los adioses de las guitarras y las maracas.

A la noche siguiente, la balsa volvió. Venías parada. 
Lucho Cabalgante, tendido cuan largo era. Lucho había muerto sin tocarte, mientras la túnica blanca se deslizaba lentamente a lo largo de tu cuerpo y caía, hecha un ovillo, a tus pies. Mirándote, le había estallado el pecho. 
Lo velaran tapado, porque estaba todo violeta y con la lengua salida. Y durante la vela, los dos hermanos de Lucho se acuchillaron entre sí, disputándote en herencia, hembra sola, invicta y viuda. Hubo que abrir tres tumbas.

Te quedaste en el pueblo. 
El padre de los difuntos no te perdía pisada. Desde la orilla, el viejo Cabalgante te perseguía con sus prismáticos, mientras hacías cantar los remolinos: al amanecer, girabas en el agua tu remo de pala ancha y una música ronquita brotaba de la espuma. Tu cantío de las pompas del agua era más poderoso que la campana de la iglesia. La canoa danzaba, los peces acudían y todos los hombres despertaban.
En el mercado, cambiabas sábalos y róbalos por mangos y piñas y aceite de palma. El viejo te andaba atrás, malandando su reuma, espiándote los pasos. Y cuando te tendías en la hamaca, te espiaba los sueños.
El viejo no comía ni dormía. Desangrado por los celos, torbellino de mosquitos que lo mordían día y noche, fue perdiendo su carne y su aliento. Y cuando no quedó de él nada más que un puñado de huesos mudos, lo enterraron junto a sus hijos.

No usabas vestidos de la Casa París, ni pulseras, ni aretes, ni anillos, ni un broche siquiera para tu largo pelo negro, siempre brilloso de baños de cepa de plátano. Pero cada vez que pasabas cerca, Escolástico, que era paralítico, pegaba un brinco. Allá ibas navegando por las calles del pueblo, invulnerable al polvo y al barro, y Escolástico sentía que el destino lo llamaba a gritos y a gritos le mandaba entrar en tu cuerpo y allí quedarse por todos los días de los años que tuviera su vida.
—¿Qué hago yo aquí, fuera de ella?—se atormentaba Escolástico, hasta que una mañana, cuando te vio pasar, abandonó de un salto su silla de ruedas y corriendo pereció, atropellado por una bicicleta. 

Cuando había marea alta, el río le llegaba al pecho: Fortunato era capaz de hundir cualquier barco con un brazo, y con dos lo reflotaba. Insaciable devorador de peces crudos y mujeres frescas, aquél sansón alardeaba:
—Mi espada de mango peludo sólo hace hijos machos. 
Un rayo lo aniquiló, cuando iba a pegarte el zarpazo. El rayo, que cayó del cielo sin nubes, sorprendió a Fortunato con su espada tiesa y sus brazos estirados, a la orilla de la hamaca donde dormías; pero seguiste durmiendo serenamente, sin enterarte de nada, y de Fortunato no nos quedó más que un tronquito de carbón erizado en tres puntas. 

Llamados por tu fama de muy mujer, que se había regado por toda la costa del Pacífico, llegaron al pueblo un periodista y un fotógrafo del puerto de Buenaventura. 
Era noche bailandera. Estabas girando en el aire, al centro de un ruedo de aplausos, quietos los hombros, meneando las caderas, zumba que te zumban aquellos pies tuyos o alas de colibrí, y en oleajes se alzaba la espuma de los encajes sobre tus muslos oscuros y radiantes. El periodista alcanzó a musitar: 
—Qué suerte tuve, 
haber estado en el mundo, 
haberla visto, 
y ésas fueron sus últimas palabras. 
El fotógrafo se volvió loco. Queriendo atrapar tu imagen de mujer alada, tierra y cielo, suelo y vuelo, quedó por siempre tartamudo y tembleque. Fotografiaba estatuas y le salían movidas.

El padre Jovlno sintió una ráfaga de olor a mar y te descubrió en las cercanías. Echó un manotón de tierra hacia adelante, pronunció sus conjuros haciendo la señal de la cruz y echó otro puñado de tierra hacia atrás. Cuando advirtió que venías hacia la iglesia, cerró la puerta con doble llave y tranca de fierro y madera. 
—Padre—dijiste. 
Él retrocedió, despavorido. En el altar, se abrazó a la cruz.
—Padre—repetiste, pegada a la puerta. 
—¡Señor mío, no me abandones!—imploraba el sacerdote, transpirando a chorros, incendiado por los fuegos de su perdición. 
Venías a confesarte. Te fuiste. Ibas llorando gotas de hierbabuena.

Al día siguiente, el padre Jovino se untó de barro bendito y se tiró al río, en la vuelta honda, atado al Cristo. Al rato, los sacaron a los dos. El cura estaba ahogado y Jesusito, que antes sudaba y sangraba y hacía guiñadas, se dejó de parpadear y ya no echaba agua ni sangre, ni hacía milagros.

Siempre las mujeres te habían mirado con el ceño fruncido. Desde que habías llegado al pueblo, la lluvia no llovía y los hombres trabajaban poco y morían mucho. Alguien había visto espuelas en tus sandalias y alguien te había visto envuelta en nube de azufre. Era público y notorio que el río hervía y humeaba donde tu navegabas, y los peces te perseguían agitando frenéticamente las aletas; y se sabía que una culebra te visitaba cada noche, deslizándose hacia tu hamaca desde la palma del techo, y te hacía el favor.
Todo el pueblo te condenaba, bruja desdeñosa, más fiestera que rezandera, por tus artes de encantamiento y hechicería o por la culpa de tu belleza imperdonable.

Y una noche te fuiste. En tu canoa, de pie sobre las aguas, te desvaneciste en la niebla. 
Nadie te vio. Sólo yo te vi. Yo era muy niño, y ni te diste cuenta. 
Te veo todavía.

- Eduardo Galeano, en el libro "Las Palabras Andantes"

Eduardo Galeno - Ventana sobre un hombre de éxito





Ventana sobre un hombre de éxito


No puede mirar la luna sin calcular la distancia. 
No puede mirar un árbol sin calcular la leña. 
No puede mirar un cuadro sin calcular el precio. 
No puede mirar un menú sin calcular las calorías. 
No puede mirar un hombre sin calcular la ventaja. 
No puede mirar una mujer sin calcular el riesgo.



- Eduardo Galeano, en el libro "Las Palabras Andantes"